—¿Mataste a un hombre por unos cuantos granos de café?
—Y whisky, y orejones —intervino entusiasmado Robert Decker—. Los periódicos creyeron que era cosa de simpatizantes del Sur. Merodeadores, nos llamaron. ¡Merodeadores! ¡Nosotros!
—¡Y al día siguiente les vendimos diez libras del mismo café a unas patrullas yanquis del otro lado del río! —añadió Amos Tunney lleno de orgullo.
Adam forzó una sonrisa y rechazó la taza de café que le ofrecían, asegurando que prefería beber agua. Se sentó en el suelo e hizo una ligera mueca de dolor al cargar el peso del cuerpo sobre la pierna herida. Tenía el rostro cuadrado de su padre, barba rubia bien recortada y ojos azules. Starbuck siempre había pensado que aquella cara irradiaba una sinceridad sin complicaciones, aunque últimamente Adam había perdido su anterior buen humor y lo había sustituido por una preocupación permanente por los problemas del mundo.