—Ya tenemos lo que habíamos venido a buscar —intervino el negro Arlequín. Había colocado la lanza de san Jorge, imposible de blandir, sobre la hierba del cementerio y ahora la miraba como si intentara entender su antiguo poder.
—¿Qué es? —preguntó el genovés.
—Nada que te pueda servir.
Sir Guillaume sonrió.
—Golpea a alguien con eso —dijo—, y se romperá como si fuera marfil.
El Arlequín se encogió de hombros. Había encontrado lo que iba buscando y la opinión de sir Guillaume no tenía ningún interés para él.
—Adentrémonos —volvió a sugerir el capitán genovés.
—Quizás unas pocas millas —repuso sir Guillaume. Sabía que los temidos arqueros ingleses tarde o temprano llegarían a Hookton, pero probablemente no lo harían hasta mediodía, y se preguntaba si no habría otra población cercana que valiera la pena saquear. Miró a una muchacha aterrorizada, de unos once años, que era arrastrada hasta la playa por un soldado.
—¿Cuántos muertos? —preguntó.
—¿Nuestros? —El capitán genovés parecía sorprendido por la pregunta—. Ninguno.
