DETRAS DE LA LLUVIA


José Manuel se despertó al notar que alguien se metía sigilosamente en su cama y se apretaba contra él. Debía de ser plena madrugada porque todo estaba a oscuras y se oían los ronquidos, las toses y los pedos de los durmientes. El miembro endurecido del desconocido porfió entre sus piernas mientras su boca buscaba la suya. José Manuel le puso la mano en el cuello y apretó.
—Quieto. Creo que te equivocas —susurró.
No se veían las caras pero notó el envaramiento del otro al comprender que no había entrado en la cama deseada y apreció que su aguerrido apéndice se desinflaba hasta casi desaparecer.
—Joder. ¿Quién carayo eres, ho? —dijo el desconocido en su oído con voz alarmada.
—No el que buscas. No te interesa, ni a mí quién eres tú. Nunca vuelvas a entrar en mi celda.