SHIKE


—¿Quién es usted? —preguntó de nuevo Jebu.
—Un samurái pregunta quiénes son sus contrincantes antes de una pelea, pero usted lo pregunta después. Desde el principio he sabido que usted es Jebu, el shiké zinja.
—¿Cómo me conoce?
—Durante años he estado oyendo historias acerca de un enorme monje que va por el campo atacando a cualquier samurái y coleccionando sus espadas. Dicen que tiene el pelo rojo. Su cabeza está afeitada; supongo que considera eso un disfraz. ¿Cuántas espadas tiene ya en su colección, Jebu?
—Noventa y nueve. Juré coleccionar un centenar. La suya hubiera sido la última. Pero conocerlo significa mucho más para mí que coleccionar otra espada.
—Me alegro de eso. Tú peleaste junto a mi padre y mis hermanos. Yo quiero ser tu amigo. —¿Quién eres? —Soy Muratomo no Yukio. Jebu cayó de rodillas y apretó la frente contra los tablones de madera.
—Le he estado buscando. —¿Ah, sí? Esta noche acabo de escaparme del Rokuhara. —¿Y se detuvo para pelear conmigo? ¿Y si los Takashi lo estuvieran persiguiendo? Debió
haberme entregado la espada y seguir apresuradamente su camino. —No podía perder la oportunidad de saber cuál sería el resultado de un combate contra el
gran Jebu —rió Yukio. —¿Cómo aprendió a utilizar un abanico de esa manera? Oí que lo estaban educando para el
sacerdocio budista. —Fui instruido en las artes marciales por los tenga. Cada noche me escabullía del monasterio
para practicar la esgrima con ellos. —¿Los tengu? —Pequeñas criaturas, mitad hombre y mitad pájaro, que viven en las montañas. Muy
habilidosos con todas las armas, incluyendo el abanico de guerra y la tetera. —¿Espera que me crea eso? Yukio se echó a reír.