Un buen rato después, Germánico salió del templo con gesto sombrío y sin decir palabra. No mencionó nada de lo que había pasado dentro y pasó el resto de la jornada casi sin hablar, algo extraño en él, pues solía ser un alegre compañero de viaje.
Volvieron a embarcar y siguieron bordeando la costa hasta la isla de Rodas. Cuando estaban en la isla, sobrevino una terrible tormenta. Llegaron noticias a Germánico de que el nuevo gobernador de Siria estaba atrapado en la tormenta y había naufragado en una pequeña isla.
Casio y los tres astures se encontraban cobijados, contemplando la tormenta. —Hace un tiempo de perros —dijo Taranis. —No me subiría en el barco de rescate ni por todo el oro de Roma —comentó Aramo. —Pisón puede dar gracias si sale de esta sano y salvo —dijo Casio mientras los tres astures giraban la cabeza. Entonces, Casio se dio
cuenta. Los tres hermanos todavía no lo sabían. —Ese Pisón del que hablas, ¿es el que gobernará en Siria? —Casio asintió a la pregunta e Taranis—. ¿Es el mismo que gobernó en
Hispania hace años? Los tres hermanos recordaron que Pisón era el que, junto a la familia de Durato, había condenado a su familia a muerte, cuando era
gobernador en Hispania.. El destino volvía a cruzarlo en su camino. —El mismo.
—Maldita tormenta, acaba lo que empezaste —masculló Serbal.
