LAS PUERTAS DE LA ETERNIDAD


—No puedo decírtelo —dijo bruscamente.
—¿Qué?
—No puedo revelarlo... he jurado guardar el secreto.
—Bueno, entonces llévate tu mensaje a la tumba —replicó Godefroy, ofendido.
Hertwig parecía pensativo, sobre todo cuando Rogers se encogió de hombros. Por lo visto estaba empezando a comprender que ya no había salida. Era un optimista: al parecer, que lo hubiesen colgado en una jaula no había bastado para que se resignara.
Aunque, a decir verdad, fuera cual fuese el mensaje, y sin importar a quién estuviera destinado, carecía de significado en ese lugar. Rogers supuso que se trataba de la respuesta al pedido de un rescate por parte de algún señor alemán, ya que algunos aventureros de ese reino también se habían unido a la cruzada del rey Luis. Si eso era cierto, la situación en la que se encontraba el mensajero era aún más ridícula.
De pronto la entrada se oscureció y entraron los guardias del persa. Walter abrió los ojos.
—Nuestro turno ha llegado —gruñó.