—Sí, señor. Los Druidas habían construido un enorme hombre de mimbre, hecho con flexibles tallos retorcidos y ramas entrelazadas. Era hueco y habían llevado a su interior a las mujeres y los niños. Cuando vi lo que estaba ocurriendo ya estaba completamente en llamas. Algunas de las personas que estaban dentro aún gritaban. Aunque no por mucho tiempo... —Frunció los labios y bajó la mirada un momento—. Los Druidas se quedaron mirando un rato más, luego montaron, se alejaron al galope y se perdieron en la noche. Llevaban unas túnicas negras, como si fueran sombras. De modo que me reuní con mis hombres y volví directamente a Calleva para informar.
—Esos Druidas. ¿Dices que iban vestidos de negro? —Sí, señor. —¿Portaban algún otro rasgo distintivo, alguna insignia? —Estaba oscureciendo, señor. —Pero había fuego. —Lo sé, señor. Lo estaba mirando...
