Para colmo de mi humillación, vi que Inés estaba sentada junto a otras doncellas en la misma mesa que los jóvenes caballeros que habían llegado con el conde. Estaba ella muy guapa con el pelo recogido y un vestido de seda verde, cuyo almidonado cuello blanco realzaba su perfecto rostro. Sonreía todo el tiempo a un apuesto caballero que no le quitaba los ojos de encima y jugueteaba con una flor que sostenía entre los dedos.
No era yo capaz de mantener el disimulo demasiado tiempo y los ojos se me iban en esa dirección constantemente. Entonces los malintencionados pajes de mi mesa entonaron por lo bajo la dichosa copla.
