—Hablan y hablan —me comentó descorazonado—, pero ninguno sabe cómo salir de este atolladero.
—Pensé que estabais a la espera de que Harald se decidiese a atacaros
aquí.
—Ya les he explicado que no lo haría —me contó Steapa—; pero ¿qué podemos hacer en ese caso?
—Pues salgamos a su encuentro y acabemos con esa mierda de Harald — repuse, sin dejar de mirar al este, donde nuevas columnas de humo revelaban que los hombres del danés se dedicaban a arrasar más aldeas.
—¿Quién es ésa? —me preguntó.
—La puta de Harald —contesté, en voz lo bastante alta como para que Skade me oyera, aunque mis palabras no lograron alterar la expresión arrogante de su rostro—. Torturó a un hombre llamado Edwulf —añadí— para que le revelase dónde había escondido el oro.
—Lo conozco —comentó Steapa—. Un hombre que nada en la abundancia.
—Nadaba, querréis decir, porque ha muerto —había fallecido antes de que hubiésemos abandonado su hacienda.
