LOS LOBOS DE LA FRONTERA


—Bebe y sé bienvenido —saludó cuidadosamente en latín. Y Alexios, levantándose para tomar la copa, respondió en la lengua de las
tribus.
—Buena fortuna a la casa, y a la mujer de la casa —bebió y se la devolvió.
El jefe alzó con rapidez la mirada.
—¡Bueeeno! Conoce nuestra lengua y nuestras costumbres... ¿o se las has enseñado?
—Yo no. —Gavros tomó la copa y pronunció a su vez las palabras de cortesía—. La habla tan bien como tú el latín cuando decides hacerlo.
Ferradach Dhu alzó las cejas enmarañadas ante el recién llegado.
—¿Cómo es eso? No veo en ti la apariencia de las tribus.
—Quizá la adquirí —respondió Alexios con una sonrisa fugaz— cuando el primero de mi linaje llegó siguiendo a las Águilas y echó raíces en Britania. Procedía de Etruria, y los hombres de esa región son enjutos y morenos. Pero no creo que fuera un muchachito en el estado mayor de ningún gobernador. Tengo una bisabuela britana y mi vieja niñera nos llegó a través del mercado de esclavos de Erin; y ambas me cantaban canciones de su propio pueblo antes de aprender la lengua de mi padre. La lengua de los votadini me suena un poco extraña, como la mía os debe sonar a vosotros, pero el tiempo lo enmendará, Señor de las Seiscientas Lanzas.