LA LEYENDA DEL FALSO TRAIDOR


Paseábamos solos entre vegetaciones y montículos cuando, tras preguntar por mi madre y recordar los tiempos de mi infancia que no había olvidado, se sinceró conmigo y mostró sus dudas para concluir aquella guerra.
–No creas que un vencedor carece de incertidumbres, Bruto –dijo mientras se agachaba a coger un guijarro del suelo–. Me preocupa la suerte de Pompeyo, pues mientras conserve la vida la paz no será posible en Roma.
–No sé a qué te refieres, César –le dije.
–Pensaba que acaso tú sabrías su destino –César no me miró. Levantó su brazo y lanzó el guijarro tan lejos como pudo–. ¿Lo conoces?
–Sería igual si lo conociese o no, César. No te lo diría ni por su seguridad ni por mi honor.
–Pues lamento oír eso, Bruto. Yo, en cambio, sí conozco el paradero de tu amigo Casio, y he mandado prenderle. ¿No aceptarías un acuerdo con tu viejo amigo Julio César?
–Casio por Pompeyo, ¿no es así? –le miré a los ojos.
–No –corrigió César–. La libertad y el favor para Casio a cambio de que me digas, si lo estimas conveniente, adonde irías tú si fueses Cneo Pompeyo.