Me eché a reír.
—Te liberaré —le dije—. Con ese pie torcido, no vale la pena venderte, encanto. Además, soy hombre de palabra. ¿No?
Ella no se rio. —No puedo saberlo —dijo. Alargó el pie malo y se lo quedó mirando. —Tu sopa de cebada está muy rica —le dije, y era verdad. A una esclava no
se le dice más en cuestión de requiebros—. Yo he sido esclavo, encanto. Sé lo que es. Y sé que todo lo que diga no vale una mierda mientras no tengas en la mano las tablillas de manumisión. Pero, por el altar mayor de mis antepasados, te doy la palabra de que te liberaré en el Ágora de Atenas y te dejaré veinte dracmas de dote.
