—¿Qué sucede? —se quejó Balatti, que casi se estrella contra el cristal delantero.
—Ha explotado una rueda. No lo comprendo... —se lamentó Olaza, quien torció el gesto—. Revisé personalmente cada parte de los todoterrenos; las neumáticos son nuevos... — Cuando se bajó del coche, se agachó para contemplar el resultado del desastre.
—Supongo que disponemos de ruedas de repuesto —apuntó Balatti.
—Desde luego, Eminencia, la cambiaremos en unos minutos y retomaremos el rumbo previsto. Ganaremos este tiempo sin apenas darnos cuenta —le aseguró el oficial, consciente de su negligencia.
Los acompañantes del cardenal aprovecharon para refrescarse echándose agua por la cabeza y reponiendo sus reservas del líquido elemento.
Piero Balatti se sentó en una de las rocas que salpicaban el desolado paisaje, algo alejado de sus colaboradores. Lo hizo para revisar, una vez más, los folios que le entregaran en la Biblioteca Vaticana. Solo con una orden expresa de Su Santidad Juan XXIV pudo acceder a aquella información tan restringida, reservada únicamente a los más cercanos a este
