LA PIEDRA DEL CORAZON


—¡Es un chelín! —gritaba—. ¡Con la cabeza de su majestad del rey grabada!
El tendero, con gesto resignado, se cogía las manos y se inclinaba.
—¡No vale casi nada! Equivale a ocho peniques de la vieja moneda... ¡si llega! ¡No es culpa mía! ¡Yo no acuñé esa porquería!
—¡A mi marido le pagan con ella! ¡Y pide usted un penique por una bolsa de esta basura! —La mujer cogió una col pequeña y la agitó en su cara.
—Las tormentas han malogrado la cosecha. ¿No lo sabe? ¡No me gusta que venga aquí a quejarse! —Ahora era el tendero el que gritaba, para deleite de unos pilluelos harapientos que se juntaron allí con un perro flaco que no paraba de ladrar.