LA SOMBRA DEL TEMPLARIO


—Debéis descansar, Bernard, no os preocupéis por nada que no sea recuperar la
salud.
El anciano intentaba tranquilizarle y no le dijo nada de que no había ningún paquete, nada entre sus ropas. Pensó que quizá se tratara de una alucinación a causa de la fiebre y no quiso alterarlo más.
—Debéis avisar a la Casa del Temple, Abraham, debéis comunicar mi llegada, mi muerte... ellos sabrán qué hay que hacer, procurarán que no tengáis ningún problema por prestarme ayuda, ellos... Avisadles inmediatamente y entregad el paquete a Guillem, me espera...
Bernard Guils se retorció de dolor, el gris ceniciento reapareció en su rostro, el jadeo volvió a sus pulmones. El médico comprobó con tristeza que sus esfuerzos habían sido inútiles, nada parecía detener los efectos de aquel tóxico letal. Volvió a administrarle la poción que había preparado, aunque esta vez sabía que sólo podría calmar su angustia y nada más podía hacer por su vida.