Atila decía:
—Que sean los suyos quienes comuniquen el desastre, quienes amenacen a su propio emperador. —Volvió a ocupar su puesto al amor de la lumbre y se sentó con las piernas cruzadas—. Que utilicen su propio cursus para transmitir mi mensaje.
Orestes murmuró:
—Como aquella vez que dejamos que unos bandidos turcomanos nos robasen el oro. Pesados carros llenos de oro chino.
Un viejo guerrero con una barba larga y gris lo miró. Era Chanat. —Cuenta la historia. Orestes esbozó una sonrisa débil. —Dejamos que cargasen con el oro por pasos de montaña, que cruzasen ríos
de aguas tumultuosas, que atravesasen resecos desiertos de gravilla. Un viaje espantoso de vuelta a las estepas donde vivían. Les seguimos el rastro durante todo el camino. Transporte gratuito. Ni se enteraron. Y, una vez que hubieron transportado amablemente todo aquel oro chino para nosotros y llegaron sanos y salvos a las estepas del norte, nos abalanzamos sobre ellos y los matamos a todos.
