En ese instante me atreví a interrumpirle. No me gustaba que hablara de ese modo y además lo que me roía el corazón y atribulaba los pensamientos no podía esperar más.
—Necesito hablar contigo, padre. Es importante.
Él echó un vistazo a la estancia; a mi madre, que clasificaba hierbas en una esquina; a Ilicón y a Caelio que ya se habían echado sobre los jergones, y asintió.
—¿Salimos?
Aquella noche descubrí lo valiosa que es la libertad, que las peores cadenas no son de hierro y que no hay esclavo más infeliz que el que lo es de sí mismo. A borbotones le conté todas mis sospechas sobre lo ocurrido con el Musaraña. Le hablé de los castigos arbitrarios que nos imponía y de su ensañamiento con Caelio y conmigo. Le mencioné nuestras cacerías de serpientes y el interés que mi hermano nuevo mostraba por los conocimientos de madre. Y le confesé también el terrible juramento que lancé sin imaginar sus consecuencias y los detalles que me llevaron a pensar en Caelio como un..., como ...
El desahogo y la culpa comenzaron a resbalar junto con mis lágrimas por el pecho de mi padre. Él acariciaba mi cabeza, consolándome y dejando que la inquietud dejara paso a un inmenso alivio.
—¡Ea, ea! —dijo por fin—. Ya está bien. Vamos, vamos. Tú no puedes tener la culpa de nada. Y probablemente Caelio tampoco.
—Pero, padre. Yo vi.
