CAMINARAS CON EL SOL


Después del frugal almuerzo, nos preparábamos para emprender una nueva batida en busca de agua, cuando Juan de Acevedo echó un vistazo al mar y murmuró con su voz de bajo quebrado:
—¡Tiburones!
Miré en la dirección que él lo hacía, y vi también unas aletas en la superficie del agua.
—No son tiburones... —dijo el piloto—. ¡Es una tortuga!
Todos nos pusimos en pie.
Ante nuestra mirada incrédula, una tortuga nadaba en aguas someras dudando si salir a la playa.
Salamanca echó a correr hacia el mar gritando con entusiasmo, y los demás le seguimos como un solo hombre. Pronto rodeamos al animal y lo empujamos a la orilla. Era enorme. Una vez en la arena le dimos la vuelta y la arrastramos como si fuera un trillo. La tortuga agitaba rítmicamente las aletas traseras y movía la cabeza de un lado a otro con los ojos medio cerrados. Acevedo le sujetó el pico con la mano izquierda y la degolló de un solo tajo. Sus labios sellaron la herida para que no se desperdiciara ni un hilo de sangre. Entretanto, Tomás Colchero le abrió el abdomen con destreza y dejó expuesto el botín de carne fresca.