ALEJANDRO MAGNO Y LAS AGUILAS DE ROMA


—Claro que no, tío.
de Roma
—Cuando llegó de Asia traía veinticinco mil soldados de refuerza ¡Con buena verga bien se fornica! ¿Cómo iba a perder el gran Crátero si tenía casi quince mil hombres más que el enemigo?
—Además, fuiste tú quien abrió la brecha en la falange espartana.
—¡Y ésa fue la clave de la batalla! —exclamó Perdicas, sin recordar que su sobrino lo sabía porque él mismo se lo había contado justo antes de la reunión—. ¿Qué estaba haciendo Crátero mientras? Limitarse a contener a los atenienses y los focios. Pero como él tenía el mando supremo, todo el mundo dice que Tegea fue una gran victoria de Crátero.
—No es justo, tío.
—Claro que no lo es. Y ahora volverá a ocurrir lo mismo. Ya puedo hacer maravillas en el campo de batalla, que cuando venzamos a los romanos dirán que todo ha sido mérito de Alejandro. ¡Ah, ojalá pase algo, lo que sea, para que yo pueda tener el mando de todo el ejército aunque sólo sea un día! ¿Es que aún no he luchado suficiente para merecerlo?
—No entiendo qué quieres decir.
Perdicas se frenó en seco y volvió a mirar a su sobrino. El joven le observaba con los ojos muy abierto, casi asustado. Comprendió que había hablado más de la cuenta.
—No es nada, Gavanes —le dijo, dándole un cariñoso pescozón—. Alejandro es un dios para mí. Por eso a veces me gustaría que hiciera como Zeus en la guerra de Troya, y se apartara un poco para ver cómo derroto en su nombre a los enemigos igual que hacía Aquiles. Lo único que todos queremos es que Alejandro se sienta orgulloso de nosotros. ¿No te parece?
—Sí, tío
—Ven conmigo. Cabalgaremos juntos por la playa hasta que caiga el sol, y luego te presentaré a unas hetairas muy jóvenes y complacientes. Te lo has ganado.