LA PIEDRA Y EL CESAR


Llegaron a la pira. Dos mozos subieron el cadáver y lo colocaron sobre la plancha de cinc. Separaron la escalera y atizaron el fuego. Todos los componentes del duelo cogieron un leño encendido que aplicaron a otras partes de la pira para incrementar el fuego. Y se hubieran estado allí hasta ver consumirse el cadáver, si el mayordomo no les llamara a la última cortesía con el anfitrión:
—Señores, perdonad: dejadlo solo y continuad el festín... Los pocillatores os servirán los mejores vinos de Campania, de Quíos y de Bética. Tengo instrucciones de leer su testamento... Y en el atrio doméstico esperan los músicos y las danzarinas para halagar vuestros sentidos.
La lectura del testamento causó sensación. Ninguna ironía, ningún sarcasmo. Dejaba a cada uno de sus ciento treinta y seis clientes cien mil sestercios. Y de los amigos, Petronio fue el más favorecido, por ser el de fortuna más modesta. Le dejaba una moderna ínsula, de cuatro pisos, cerca del Atrio de la Libertad.
No se olvidó de nadie. A gentes menesterosas a las que mencionaba llamándolas «mi cliente del corazón» les dejó también mandas. Distribuyó sus propiedades del Lacio entre los colonos que trabajaban las tierras, y se mostró devoto de Minerva y Marte, que siempre le habían iluminado y auxiliado, cediéndoles su tesoro de alhajas. En el codicilo, entre las mandas de última hora, testó a favor de Clío un aderezo de esmeraldas «que era de mi inolvidable hermana», y la lira.