FUEGO PERSA


Darío, siempre consciente del potencial de la propaganda, supo no tomarse aquellos sentimientos de los babilonios a la ligera, y a pesar de que la rebelión en Elam lo había aislado de su patria, prefirió dirigirse directamente a Mesopotamia en lugar de regresar a Persia. Con su habitual y pasmosa velocidad, Darío descendió de los montes por el mismo camino que Ciro había seguido diecisiete años atrás y, como a Ciro, el comienzo de la ruta parecía darle la bienvenida: un falo enorme, formado de piedras, se erguía a un lado de aquel camino, marcando el límite de la Tierra de los Dos Ríos; ante él, llana y uniforme, se extendía la monotonía de las tierras aluviales. En aquel vacío sólo irrumpía, de vez en cuando, algún campesino encorvado por la siembra de la cebada, o tal vez alguna línea de palmeras discontinuas que señalaban el curso de acequias y canales, mucho menos abundantes que alrededor del Éufrates, más hacia el sur. Porque las riberas del Tigris, en contraste con las de su hermano, el Éufrates, eran de una inclinación asombrosa, y su corriente, cosa muy inconveniente para los agricultores, fluía con tal rapidez que su nombre, en persa, significaba «la flecha».