—Es demasiado arriesgado —dijo el barón—. Este desgraciado debería habérselo pensado antes y desde luego mejor. Ahora es tarde. No tiene derecho alguno a ponernos en esta disyuntiva. Cuanto hizo por esta familia se lo pagamos con creces, os lo aseguro. Creedme todos cuando os digo que nada le debemos, y menos ahora que sé lo que ha hecho con esta cabeza loca que tengo por hija.
El aludido temblaba de terror, arrodillado en el suelo, suplicando en silencio misericordia.
—No hay otra solución que la que yo propongo, padre —insistió Guillermo—. ¿Podrías dormir tranquilo habiendo enviado a este hombre a un suplicio como el que le espera, sin mover un dedo por socorrerle?
—¡Por supuesto que sí! Este traidor nos ha deshonrado a todos y ha condenado a tu hermana. ¿Aún pretendes defenderle?
