Zena se despertó ante la total ausencia de sonido. El bosque estaba extrañamente silencioso, como si la furia del volcán hubiera acallado a todos los animales que habitaban allí. No soplaba viento ni se movía ningún animal; tampoco ningún pájaro llamaba a su compañero.
Una gota de agua cayó en un charco y produjo un sonido apenas audible, pues su tono normal quedó sofocado por las empapadas cenizas. Zena volvió la cabeza. El sonido parecía provenir de algún punto lejano, de modo que no hizo caso y trató de conciliar de nuevo el sueño. Pero se sentía incómoda; le dolía todo el cuerpo y tenía la garganta tan irritada que apenas lograba tragar saliva
