—Yo podría haber sonsacado pruebas a los nazarenos que interrogué —terció
Callido—, si me hubieses permitido soltarles la lengua a mi manera. —Eso habría sido un ejercicio escasamente productivo, Callido —replicó Varrón, irritado por la franqueza del liberto—. Esa gente, que te dijo que nunca llegaron a ver al nazareno cuando estaba con vida, avisarán a sus correligionarios del sur y les dirán que hay un cuestor romano que anda haciendo preguntas sobre el nazareno. Si tú fueras uno de ellos y te enteraras de
que hay un cuestor que tortura a los nazarenos, ¿acaso no te esconderías? —Bueno, sí. Supongo que sí, mi señor —convino Callido a regañadientes. —Esa es la razón por la que tu señor es cuestor y tú eres su liberto, mi
tontorrón amigo —lo reprendió Marcio—. La manumisión te ha liberado de las cadenas de la esclavitud, pero no de las ataduras de la estupidez.
